En el Salmos 19, David nos dice que la creación nos muestra el poder de Dios pero también su sabiduría. La forma en la que todo lo creado nos muestra el diseño inteligente es maravilloso. Nos deja lecciones desde el silencioso lenguaje de la naturaleza. Basta detenerse a observar con atención para descubrir que, muchas veces, los animales nos recuerdan verdades que los seres humanos hemos olvidado.
Pensaba en ello mientras recordaba una de las escenas más conmovedoras del documental Tierra (Earth, 2007), producido por Disneynature y dirigido por Alastair Fothergill y Mark Linfield. A lo largo de su extraordinario recorrido por la vida de osos polares, elefantes africanos y ballenas jorobadas, el documental revela mucho más que paisajes impresionantes: deja entrever pequeñas parábolas escritas por el Creador en el corazón mismo de su creación.
Hay una escena, en particular, que se quedó conmigo.
En medio de la inmensa sabana africana, donde la vida y la muerte conviven cada día, un pequeño elefante queda separado de su familia ya cuando el sol se había puesto y la noche empezaba a hacer su presencia. Las leonas, pacientes y expertas cazadoras, perciben la oportunidad y comienzan a acercarse. Todo parece anunciar un desenlace inevitable del círculo de la vida.
Sin embargo, ocurre algo extraordinario.
Los elefantes adultos perciben la situación y toma una acción. Avanzan sin vacilar y forman un círculo alrededor de la cría. Los más grandes quedan expuestos hacia el peligro; el pequeño permanece protegido en el centro. Reciben las embestidas, soportan el ataque y arriesgan su propia integridad para preservar una vida que todavía no puede defenderse sola.
Lo más hermoso es que no todos son sus padres.
Pero todos son su familia.
Mientras contemplaba aquella escena, no podía dejar de pensar que eso es precisamente lo que significa instruir a un niño.
Porque instruir no es solamente enseñar a leer, escribir o memorizar conocimientos. No es llenar una mente de información, sino rodear un corazón de amor, de ejemplo, de principios y de protección hasta que sea suficientemente fuerte para caminar por sí mismo.
Instruir es formar un círculo.
Es ponerse entre el niño y aquello que puede destruirlo.
Es interponerse entre él y los vicios antes de que los descubra.
Entre él y la mentira antes de que la crea.
Entre él y el rencor antes de que eche raíces.
Entre él y la desesperanza antes de que piense que no tiene valor.
Es enseñarle, con palabras y con la propia vida, que siempre habrá un camino mejor que el de la violencia, un amor más grande que el egoísmo y una verdad más firme que las voces del mundo.
Quizá por eso la responsabilidad de criar nunca fue solo de unos pocos. Una familia sana protege. Una iglesia sana protege. Una comunidad sana protege. Los adultos estamos llamados a convertirnos en ese círculo invisible que sostiene, corrige, anima y acompaña a quienes todavía son pequeños.
Al mirar a aquellos elefantes comprendí que la verdadera grandeza nunca ha consistido en demostrar cuánta fuerza tenemos, sino en decidir para quién usamos esa fuerza.
Y entonces pensé en Cristo.
Porque nadie ha formado un círculo más perfecto que Él.
Cuando nosotros éramos indefensos, Él se colocó entre el pecado y nuestra vida. Se interpuso entre la muerte y nosotros. Recibió sobre sí el golpe que nos correspondía para que nosotros encontráramos refugio en su gracia.
Quizá eso sea, al final, instruir en el camino.
Amar tanto a alguien que uno está dispuesto a ponerse entre él y el peligro.
Proteger tanto que un día pueda caminar solo.
Y sembrar tanto a Cristo en su corazón que, cuando nosotros ya no estemos para formar el círculo, sea Él quien nunca deje de rodearlo con su amor.
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