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martes, 23 de junio de 2026

Published junio 23, 2026 by with 0 comment

Una Vida Con Propósito. Dios Quiere Usarte

"Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué; te di por profeta a las naciones." Jeremías 1:5 

 "Señor, quiero ser médico con todo mi corazón. Quise ser médico para servir a los demás. Y por eso lo he perdido todo, pero también lo he ganado todo. He compartido la vida de pacientes y personal del hospital, he reído con ellos, he llorado con ellos. Esto es lo que quiero hacer con mi vida. Y, como Dios es mi testigo, sea cual sea su decisión hoy, señor, seguiré siendo el mejor médico que el mundo haya visto jamás." — Patch Adams 


Hay algo profundamente poderoso en un hombre que ha encontrado su propósito. El mundo puede burlarse de él, las instituciones pueden rechazarlo, las personas pueden malinterpretarlo, pero cuando un hombre sabe para qué fue llamado por Dios, se convierte en una fuerza imposible de detener. 

Jeremías era apenas un joven cuando Dios le reveló una verdad que cambiaría para siempre su existencia: "Antes que te formase en el vientre te conocí". Dios no improvisa destinos, ni mucho menos tiene una visión utilitaria. No crea vidas al azar. Antes de que existiéramos, antes del primer aliento, antes de los triunfos y fracasos, Dios ya había trazado un propósito para ti. 

El problema es que muchos hombres y mujeres pasan toda su vida pidiendo permiso al mundo para ser aquello que Dios ya les ordenó ser. Esperan aprobación, reconocimiento, aplausos o aceptación. Pero la historia bíblica demuestra lo contrario. José fue vendido, David perseguido, Jeremías rechazado, Pablo encarcelado y Cristo crucificado. El llamado de Dios rara vez será celebrado por el sistema. Cuando Patch Adams compareció ante aquel comité, no estaba simplemente defendiendo una profesión; estaba defendiendo una convicción. Y cuando afirmó que seguiría siendo médico independientemente del veredicto, expresó una verdad espiritual extraordinaria: el propósito dado por Dios no depende de la aprobación de los hombres. Quien ha sido alcanzado por el llamado de Dios se vuelve semejante a un huracán. No porque sea fuerte en sí mismo, sino porque el Dios soberano sopla detrás de él. Podrán intentar desacreditarlo, ridiculizarlo, cerrarle puertas o expulsarlo de ciertos lugares, pero no podrán detenerlo. Gamaliel lo expresó siglos atrás: "Si esta obra es de Dios, no la podréis destruir" (Hechos 5:39). 

Por eso, el mundo siempre tendrá que tomar una decisión respecto a aquellos que viven conforme al propósito divino: aceptarlos como colaboradores o soportarlos como una espina clavada en el talón. Porque quienes han sido llamados por Dios no desaparecen silenciosamente. Persisten. Insisten. Vuelven a levantarse. Siguen amando, sirviendo, predicando, enseñando, sanando y edificando, aun cuando el costo sea alto. Si Dios te ha llamado, no negocies tu propósito. No permitas que el temor, la crítica o el rechazo definan tu destino. Aquel que te conoció antes de formarte también es poderoso para sostenerte hasta el final. Porque cuando Dios determina el propósito de una vida, no temas si el camino se vuelve solitario. 

Los hombres pueden rechazarte, malinterpretarte y oponerse a ti. Así ocurrió con los profetas, con los apóstoles y con el mismo Cristo. Pero si Dios te ha llamado, permanece fiel. Porque el hombre puede resistir al siervo de Dios, pero nunca podrá derrotar la voluntad de Dios
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viernes, 12 de junio de 2026

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El Círculo de Gigantes: El Precio de Amar a una Nueva Generación.

«Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.» Proverbios 22:6 

En el Salmos 19, David nos dice que la creación nos muestra el poder de Dios pero también su sabiduría. La forma en la que todo lo creado nos muestra el diseño inteligente es maravilloso. Nos deja lecciones desde el silencioso lenguaje de la naturaleza. Basta detenerse a observar con atención para descubrir que, muchas veces, los animales nos recuerdan verdades que los seres humanos hemos olvidado. 



Pensaba en ello mientras recordaba una de las escenas más conmovedoras del documental Tierra (Earth, 2007), producido por Disneynature y dirigido por Alastair Fothergill y Mark Linfield. A lo largo de su extraordinario recorrido por la vida de osos polares, elefantes africanos y ballenas jorobadas, el documental revela mucho más que paisajes impresionantes: deja entrever pequeñas parábolas escritas por el Creador en el corazón mismo de su creación. 

Hay una escena, en particular, que se quedó conmigo. En medio de la inmensa sabana africana, donde la vida y la muerte conviven cada día, un pequeño elefante queda separado de su familia ya cuando el sol se había puesto y la noche empezaba a hacer su presencia. Las leonas, pacientes y expertas cazadoras, perciben la oportunidad y comienzan a acercarse. Todo parece anunciar un desenlace inevitable del círculo de la vida. Sin embargo, ocurre algo extraordinario. 

Los elefantes adultos perciben la situación y toma una acción. Avanzan sin vacilar y forman un círculo alrededor de la cría. Los más grandes quedan expuestos hacia el peligro; el pequeño permanece protegido en el centro. Reciben las embestidas, soportan el ataque y arriesgan su propia integridad para preservar una vida que todavía no puede defenderse sola. Lo más hermoso es que no todos son sus padres. Pero todos son su familia. 

Mientras contemplaba aquella escena, no podía dejar de pensar que eso es precisamente lo que significa instruir a un niño. Porque instruir no es solamente enseñar a leer, escribir o memorizar conocimientos. No es llenar una mente de información, sino rodear un corazón de amor, de ejemplo, de principios y de protección hasta que sea suficientemente fuerte para caminar por sí mismo. 

Instruir es formar un círculo. Es ponerse entre el niño y aquello que puede destruirlo. Es interponerse entre él y los vicios antes de que los descubra. Entre él y la mentira antes de que la crea. Entre él y el rencor antes de que eche raíces. Entre él y la desesperanza antes de que piense que no tiene valor. Es enseñarle, con palabras y con la propia vida, que siempre habrá un camino mejor que el de la violencia, un amor más grande que el egoísmo y una verdad más firme que las voces del mundo. 

Quizá por eso la responsabilidad de criar nunca fue solo de unos pocos. Una familia sana protege. Una iglesia sana protege. Una comunidad sana protege. Los adultos estamos llamados a convertirnos en ese círculo invisible que sostiene, corrige, anima y acompaña a quienes todavía son pequeños. 

Al mirar a aquellos elefantes comprendí que la verdadera grandeza nunca ha consistido en demostrar cuánta fuerza tenemos, sino en decidir para quién usamos esa fuerza. Y entonces pensé en Cristo. Porque nadie ha formado un círculo más perfecto que Él. Cuando nosotros éramos indefensos, Él se colocó entre el pecado y nuestra vida. Se interpuso entre la muerte y nosotros. Recibió sobre sí el golpe que nos correspondía para que nosotros encontráramos refugio en su gracia. 

Quizá eso sea, al final, instruir en el camino. Amar tanto a alguien que uno está dispuesto a ponerse entre él y el peligro. Proteger tanto que un día pueda caminar solo. Y sembrar tanto a Cristo en su corazón que, cuando nosotros ya no estemos para formar el círculo, sea Él quien nunca deje de rodearlo con su amor.
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jueves, 4 de junio de 2026

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Los Hilos Invisibles de la Vida: Dios Obra en la Incertidumbre

"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." Romanos 8:28 

En la película Serendipity (Señales de Amor), cuyo título hace referencia a esos acontecimientos inesperados que parecen llegar por casualidad, encontramos una historia que va mucho más allá de una simple comedia romántica. Jonathan Trager y Sarah Thomas se conocen por accidente una noche de invierno en Nueva York. La conexión entre ambos es inmediata. Comparten conversaciones, risas y momentos que parecen indicar que están destinados a estar juntos. 


Sin embargo, antes de despedirse toman una decisión poco común: dejar que sea el destino quien decida si volverán a encontrarse. Sarah escribe su nombre en un libro que vende en una librería de segunda mano y Jonathan anota el suyo en un billete de cinco dólares. Si algún día esos objetos regresan a sus manos, significará que deben estar juntos. 

Pasan los años. 

Aunque ambos continúan con sus vidas, nunca logran olvidarse por completo. Jonathan intenta encontrarla en varias ocasiones, pero los caminos parecen cerrarse una y otra vez. Finalmente construye una nueva relación y se compromete para casarse con una mujer que, aunque no es Sarah, le brinda estabilidad, cariño e ilusión por el futuro. Sin embargo, algunas historias se niegan a desaparecer. Poco antes de su boda, Jonathan encuentra una pista que podría llevarlo nuevamente hasta Sarah. Decide buscarla una vez más. Cuando finalmente logra acercarse a ella, descubre algo que lo golpea profundamente: aparentemente Sarah ya tiene a alguien más. 

Su mundo se derrumba. 

Aquella historia que había guardado durante años en lo más profundo de su corazón parece escaparse para siempre. Confundido y sin encontrar sentido a lo que está ocurriendo, Jonathan toma una decisión drástica: cancelar también su boda, aun cuando faltan apenas unas horas para celebrarse. 

Después de todo el caos, se encuentra con su mejor amigo, Dean Kansky. Dean intenta consolarlo. Busca las palabras adecuadas, pero comprende que algunas heridas no se alivian con consejos. Entonces hace algo inesperado: le entrega a Jonathan su propio obituario. Antes de despedirse, le comparte una reflexión que ha quedado grabada en la memoria de muchos espectadores: 

"Los antiguos griegos, al morir alguien, no preguntaban cuánto dinero había ganado, cuántos reconocimientos había obtenido o qué posición había alcanzado. Preguntaban algo mucho más importante: 

¿Tenía pasión? 

¿Era apasionado?" 

Qué pregunta tan poderosa. Porque al final de la vida, quizá lo más importante no será aquello que poseíamos, sino aquello por lo que estuvimos dispuestos a vivir. No serán nuestros títulos, nuestros bienes o nuestros éxitos los que definan nuestra historia, sino las causas que abrazamos, los sueños que perseguimos y las personas que amamos. 

Después Jonathan lee las palabras escritas en aquel obituario. Y aunque fueron escritas para una escena de cine, contienen una verdad que trasciende la pantalla: 

"La vida no es una colección de accidentes, sino una historia que va tomando forma a través de encuentros, decisiones y circunstancias que parecen aisladas, pero que terminan revelando un propósito." 

Quizá esa sea una de las mayores lecciones de la película. Mientras vivimos, solemos interpretar nuestra historia como una sucesión de hechos desconectados. Un encuentro inesperado. Una oportunidad perdida. Una puerta cerrada. Una decepción. Una despedida. Una alegría inesperada. Vemos los acontecimientos de manera individual porque sólo conocemos una pequeña parte de la historia. Pero cuando miramos hacia atrás, descubrimos que muchos de esos momentos estaban conectados entre sí. 

Aquello que parecía una pérdida nos preparó para una oportunidad futura. Aquella persona que apareció por unos minutos terminó cambiando nuestra vida. Aquella puerta cerrada nos condujo hacia un camino mejor. Incluso las experiencias más dolorosas terminan ocupando un lugar dentro de un propósito que no podíamos comprender en el momento. 

Porque al final de la vida no seremos recordados por haber evitado riesgos, sino por haber abrazado aquello que daba sentido a nuestra existencia. La verdadera tragedia no es equivocarse en el camino. La verdadera tragedia es llegar al final sin haber seguido aquello que hacía latir nuestro corazón. Quizás hoy no entiendas por qué ocurrieron ciertas cosas en tu vida. 

Quizás algunos hilos todavía parezcan confusos. Pero sigue avanzando. El tapiz aún no está terminado. Y cuando un día puedas contemplar la obra completa, descubrirás que muchas de las cosas que llamaste coincidencias eran, en realidad, parte de un plan mucho mayor
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jueves, 14 de mayo de 2026

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El Pájaro en el Invierno: Una Poderosa Lección de Liderazgo y Sabiduría

Un reconocido conferencista sobre liderazgo relataba una historia sencilla, pero profundamente reveladora. 

Cuenta que, en medio de un invierno cruel, un pequeño pajarito emprendió vuelo buscando refugio. El viento helado era tan intenso que sus alas comenzaron a congelarse poco a poco. Agotado, sin fuerzas y casi sin vida, cayó sobre un camino solitario cubierto de nieve. 


El pajarito pensó que todo había terminado. Mientras permanecía inmóvil, una vaca que pasaba por el lugar dejó caer excremento justo encima de él. En ese momento, el ave sintió indignación y desesperación. “¿Cómo puede pasarme algo peor?”, pensó. Sin embargo, lo que parecía una desgracia comenzó a darle calor. Poco a poco, el excremento conservó la temperatura suficiente para evitar que muriera congelado. Sus alas recuperaron movilidad y, lleno de alegría, el pequeño pájaro comenzó a cantar. 

Un gato que caminaba cerca escuchó el canto. Se acercó cuidadosamente, removió el excremento, limpió al pajarito y lo sacó de allí. El ave creyó que finalmente había llegado alguien bueno a rescatarlo. Pero apenas estuvo limpio y vulnerable, el gato se lo comió. 

La historia termina con tres enseñanzas poderosas para el liderazgo y la vida: 

Primero: no todo lo que parece malo realmente lo es. A veces las situaciones incómodas, las crisis o incluso los momentos humillantes terminan fortaleciéndonos y preservándonos. 

Segundo: no todo el que te saca de un problema es necesariamente tu amigo. Hay personas que aparentan ayudar, pero sus intenciones son egoístas o destructivas. 

Y tercero: cuando estés en medio de dificultades, aprende a ser prudente. No siempre es sabio anunciarle al mundo cada detalle de tu situación. 

El liderazgo madura cuando aprendemos a interpretar las circunstancias con sabiduría. Hay procesos incómodos que forman carácter, y hay ayudas aparentes que esconden intereses. Un líder no solo necesita valentía, también necesita discernimiento para entender quién realmente aporta vida a su camino.
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martes, 12 de mayo de 2026

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Todo Tiene Su Tiempo: La Lección del Bambú Chino

En una pequeña aldea, un anciano agricultor dedicaba gran parte de sus días a sembrar bambú chino. Cada mañana, antes de que saliera completamente el sol, caminaba lentamente hacia el terreno con una cubeta de agua en una mano y herramientas en la otra. Con paciencia removía la tierra, abonaba el suelo y regaba cuidadosamente aquella semilla que había plantado con esperanza. 



Sin embargo, pasaban los meses… y no ocurría nada. 
La tierra seguía exactamente igual. 
No había brotes. 
No había tallos. 
No había señales visibles de vida. 

Aun así, el anciano regresaba todos los días. Los vecinos comenzaron a burlarse de él. 
—Ese hombre pierde su tiempo. 
—Nada crecerá allí. 
—Ha trabajado tanto para absolutamente nada. 

Pero el agricultor guardaba silencio y continuaba cuidando la semilla con la misma dedicación del primer día. 

Pasó un año. 
Luego dos. 
Después tres. 

Y el terreno seguía aparentemente vacío. 

Cualquiera habría pensado que aquella semilla estaba muerta. Cualquiera habría abandonado el esfuerzo. 
Pero el anciano seguía regando la tierra todos los días, aunque no pudiera ver resultados. 

Pasaron cinco años. 
 Después seis. 
 Y finalmente, en el séptimo año, algo extraordinario ocurrió. 

Una pequeña punta verde comenzó a salir de la tierra. Los vecinos se sorprendieron. Algunos pensaron que apenas crecería unos cuantos centímetros. Pero en cuestión de semanas, aquel bambú comenzó a elevarse de manera impresionante hasta alcanzar varios metros de altura. Lo que parecía muerto, en realidad había estado creciendo todo el tiempo. 

Durante aquellos largos años, el bambú no estaba perdiendo el tiempo. Estaba desarrollando raíces profundas, fuertes y resistentes bajo la superficie. Necesitaba prepararse internamente antes de poder sostener el enorme crecimiento que tendría después. Porque si hubiera crecido demasiado rápido sin raíces firmes, el primer viento fuerte lo habría destruido. Y quizá así sucede también con muchas etapas de nuestra vida. 

Hay temporadas donde sentimos que no avanzamos. Oramos y no vemos respuestas. Trabajamos y no vemos resultados. Nos esforzamos, aprendemos, lloramos, resistimos… y pareciera que nada cambia. Mientras otros avanzan rápidamente, nosotros seguimos en silencio, luchando en terrenos donde aparentemente no está ocurriendo nada. Pero muchas veces, el crecimiento más importante no ocurre afuera, sino debajo de la superficie. 

Dios trabaja primero en las raíces antes de mostrar los frutos. Fortalece el carácter. Forma la paciencia. Moldea la fe. Desarrolla madurez. Rompe el orgullo. Construye resistencia. Y aunque nadie pueda verlo, algo poderoso está ocurriendo dentro de nosotros. Porque las personas que llegan lejos no son aquellas que crecieron rápido, sino aquellas que aprendieron a sostenerse firmes cuando nadie veía progreso. 

El bambú nos recuerda que no todo proceso invisible es un fracaso. A veces el cielo guarda silencio porque las raíces todavía se están fortaleciendo. Y cuando llegue el momento correcto, aquello que parecía detenido crecerá de una manera tan extraordinaria, que muchos no comprenderán cómo sucedió tan rápido… sin saber que hubo años enteros de preparación que nadie vio.
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lunes, 11 de mayo de 2026

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Una Gota de Gracia Cambia Vidas

En una noche fría y silenciosa, cuando las calles parecían haberse olvidado de la compasión y el mundo cerraba sus puertas a los cansados, un hombre caminaba sin rumbo cargando el peso de su pasado. Sus ropas desgastadas hablaban de años de sufrimiento, pero sus ojos revelaban algo aún más profundo: un corazón endurecido por el rechazo, la injusticia y la soledad. Su nombre era Jean Valjean, y aunque había salido de prisión, todavía seguía viviendo encerrado en las cadenas del desprecio humano.


Había pasado casi dos décadas en prisión. No por asesinar, ni por cometer grandes crímenes, sino por algo que comenzó con un acto desesperado: robar un pedazo de pan para alimentar a su familia hambrienta. Pero la cárcel endureció su corazón. La injusticia, el desprecio y el abandono fueron apagando lentamente la bondad que aún quedaba dentro de él. 

Cuando finalmente salió libre, descubrió que afuera también existían cadenas. Nadie quería recibirlo. Las puertas se cerraban apenas escuchaban que había sido un presidiario. Nadie le ofrecía comida. Nadie le daba un lugar para dormir. Era como si el mundo entero le recordara constantemente que ya no merecía una segunda oportunidad. Cansado, hambriento y lleno de amargura, llegó una noche a la casa de un anciano abad. El hombre de Dios no le preguntó de dónde venía ni qué había hecho. Simplemente lo vio como un ser humano necesitado. Lo invitó a entrar, le preparó comida caliente y le ofreció una cama limpia para descansar. 

Jean Valjean no podía entender aquella bondad. Después de tantos años de desprecio, aquel gesto parecía imposible. Pero durante la madrugada, algo oscuro habló dentro de él. Mientras todos dormían, observó los cubiertos y candelabros de plata de la casa. Pensó que podría venderlos y escapar. Entonces tomó las piezas de valor y huyó en medio de la noche. Horas más tarde fue capturado por unos policías, quienes encontraron la plata en su poder. 

Lo llevaron nuevamente ante el abad. Jean Valjean estaba destruido. Sabía que volvería a prisión. Sabía que aquella bondad había sido traicionada. 
Los oficiales hablaron primero: 
 —Este hombre dice que usted le regaló estas piezas de plata. 

El abad guardó silencio por un instante. Luego miró a Jean Valjean fijamente, pero no con odio… sino con compasión. Y entonces dijo algo que cambiaría aquella vida para siempre: —Claro que sí. Yo se las regalé. Pero olvidó llevarse también los candelabros. Los policías quedaron confundidos. 

El abad tomó los candelabros de plata y los colocó en las manos temblorosas de Jean Valjean. Después, acercándose a él, le dijo suavemente: 

—Con esta plata he comprado tu alma para Dios. No vuelvas a pertenecer a la oscuridad. Conviértete en un hombre nuevo. 

Aquella gracia fue más fuerte que cualquier castigo. Jean Valjean había soportado cárceles, golpes y rechazo. Pero nunca había conocido algo tan poderoso como el perdón inmerecido. Y fue precisamente ese acto de misericordia lo que quebró el corazón endurecido que llevaba dentro. 

Desde aquel día decidió cambiar. Dejó atrás la vida que había destruido su alma y comenzó a convertirse en un hombre diferente: ayudando a otros, levantando necesitados y viviendo con honestidad. 

Porque hay verdades que esta historia nos recuerda profundamente. Muchas veces pensamos que las personas cambian únicamente por castigo, presión o miedo. Pero algunos corazones solo pueden ser transformados cuando conocen la gracia. La gracia tiene un poder que el juicio jamás podrá alcanzar. Mientras el castigo recuerda quién fuiste, la gracia te muestra quién todavía puedes llegar a ser. Y quizá eso es exactamente lo que Dios hace con nosotros. Llegamos delante de Él cargando errores, pecados, fracasos y noches oscuras. Mereciendo condena. Mereciendo rechazo. Pero en lugar de destruirnos, nos ofrece misericordia. Nos da una nueva oportunidad. 

Nos recuerda que nuestro pasado no tiene por qué definir nuestro futuro. Porque una sola experiencia de gracia genuina puede cambiar completamente el rumbo de una vida entera.
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lunes, 16 de marzo de 2015

Published marzo 16, 2015 by with 0 comment

Aliento del Cielo: Desecha Tus Cargas Innecesarias. Reflexión

En un pequeño pueblo caminaba un campesino cargando sobre sus espaldas el fruto de su cosecha. Estaba acostumbrado a recorrer varios kilómetros bajo el sol para llegar a su hogar. El camino era largo, silencioso y cubierto de polvo. Cada treinta minutos debía detenerse para descansar de aquellas casi cien libras que parecían aplastarle lentamente la espalda y las fuerzas. 



Muy pocas veces transitaba un vehículo por aquella calle solitaria, por lo que había perdido casi toda esperanza de recibir ayuda. Pero aquel día sería diferente. De repente, una camioneta pasó a toda velocidad a su lado, levantando una gran nube de polvo. El campesino apenas pudo cubrirse el rostro. Sin embargo, unos metros más adelante, el vehículo se detuvo. 

El conductor observó por el espejo retrovisor al hombre agotado y, movido por la compasión, decidió regresar. 
 —¡Señor! ¿Va camino al pueblo? —preguntó el conductor. 
 —¡Sí! —respondió el campesino con cansancio. 
—Entonces súbase, yo lo llevo. 

Sin pensarlo dos veces, el campesino subió agradecido a la parte trasera del pickup y continuaron el recorrido. Pasaron unos diez minutos de viaje cuando el conductor recordó al hombre y decidió observarlo por el espejo retrovisor. 

Lo que vio lo dejó completamente sorprendido. Frenó de inmediato, se bajó del vehículo y caminó hacia la parte trasera. 
—¿Ocurre algo? —preguntó el campesino confundido. 
—Señor —respondió el conductor—, 
yo le ofrecí llevarlo para que descansara de su carga y pudiera viajar más liviano. 
—Así es —contestó el campesino—. Estoy muy agradecido por su ayuda. Gracias a usted llegaré mucho más temprano a casa. 

El conductor lo miró con asombro y le dijo: —¡Pero usted todavía lleva la carga sobre sus hombros! Puede colocarla en la cama del vehículo y descansar. 

El campesino guardó silencio por un momento. Luego sonrió con cierta vergüenza mientras lentamente bajaba el peso de sus espaldas. 

Parece una historia sencilla, incluso un poco graciosa. Pero la verdad es que muchos vivimos exactamente de la misma manera. Avanzamos por la vida cargando pesos que ya no deberíamos llevar. Cargamos heridas del pasado, errores que no hemos perdonado, culpas que nos persiguen, recuerdos dolorosos, pensamientos negativos, amargura, enojo, frustraciones y temores que lentamente consumen nuestra paz. Llevamos sobre nuestros hombros las consecuencias de malas decisiones, palabras que nos marcaron, fracasos que aún nos avergüenzan y cargas familiares que parecieran haberse convertido en parte de nuestra identidad. Nos acostumbramos tanto al sufrimiento, que incluso cuando llega ayuda, seguimos sosteniendo aquello que nos destruye. 

Nos quejamos del peso, pero no lo soltamos. Decimos querer descansar, pero seguimos abrazando aquello que nos roba la tranquilidad. Alimentamos pensamientos que nos hieren, sostenemos resentimientos que nos enferman y protegemos dolores que Dios hace tiempo nos pidió entregar. Y quizá esa es una de las lecciones más profundas de esta historia: no basta con que el vehículo avance si seguimos llevando el peso sobre nosotros. Dios no solamente quiere acompañarnos en el camino; también quiere aliviar nuestras cargas. Quiere que aprendamos a descansar, a confiar y a dejar en Sus manos aquello que ya no podemos sostener solos. 

Porque hay batallas que no fueron hechas para ser cargadas eternamente por el corazón humano. A veces el milagro no es que el camino desaparezca, sino descubrir que ya no tenemos que recorrerlo solos.
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martes, 19 de agosto de 2014

Published agosto 19, 2014 by with 0 comment

Otra Mirada a 1a. Corintios 13: ¿Qué es el Verdadero Amor?

Hemos leído muchas veces este capítulo y sus correspondientes versículos, pero está versión deja muchas ideas más claras respecto a lo que el amor es capaz de hacer, lo que significa y lo que puede hacer el amor. No hay nada mejor que amar y ponerlo en práctica, he aquí una versión un poco más popular de este magnífico escrito del Apóstol Pablo: 


1. Aunque hable cinco idiomas y tenga tantos conocimientos que pueda hablar de innumerables temas, si no tengo suficiente amor para no contar chismes ni menospreciar a otros, no solo soy mucho ruido y pocas nueces, sino una persona destructiva. 

2. Y aunque lea mucho la Biblia y me sepa partes de ella de memoria, y ore todos los días y tenga mucha fe y otros dones espirituales, si no tengo suficiente amor para sacrificar algunos deseos personales por el bien de otros, mi supuesta espiritualidad no vale nada. 

3. Y aunque tenga dos empleos para dar de comer a mi familia, contribuya a obras de beneficencia y ofrezca ayuda voluntaria a toda labor comunitaria que se presente, si no manifiesto amor y bondad a quienes me rodean, mi arduo trabajo y mis sacrificios personales carecen de valor. 

4. El amor tiene un día largo, fatigoso y desesperante en la oficina, y no reacciona con brusquedad ni mal genio. El amor participa de la alegría del que obtiene todas las oportunidades. El amor no tiene que conducir el automóvil más llamativo, vivir en la casa más grande ni disponer de los aparatos más avanzados. El amor no siempre debe ser el jefe ni tener la última palabra. 

5. El amor no es tosco ni grosero, y no refunfuña, ni trata de hacer sentir culpables a los demás, ni los presiona para conseguir lo que quiere. El amor está demasiado ocupado en atender las necesidades ajenas para pasar mucho tiempo preocupándose por las propias. El amor no se altera cuando las cosas no salen como él quiere. El amor es rápido para creer lo mejor de las personas y lento para creer lo demás. 

6. El amor detesta que le cuenten chismes. Solo quiere hablar de las buenas cualidades de nuestros semejantes y lo bueno que han hecho. El amor sabe que lo que escuche, observe y lea influirá en sus actitudes y acciones, y por tanto, en los demás. Por eso, da mucha importancia a cómo emplea el tiempo. 

7. El amor es flexible, se lo toma todo con calma, y puede hacer frente a todo lo que surja. 
El amor siempre está listo para dar a los demás un margen de confianza, y espera lo mejor de ellos. 
El amor quiere verlos desarrollar su plena capacidad y hace todo lo posible para que así sea.
Al amor nunca se le agota la paciencia, ni siquiera con quienes son lentos para hacer su parte o lo que les corresponda. El amor no mira constantemente el reloj mientras otros hablan. 

8. El amor nunca falla. 
Yo decepciono a otros, y otros pueden defraudarme. 
Todos metemos la pata, nos equivocamos a veces o nos confundimos. 
En muchos casos, nuestras palabras y actos se quedan cortos, y nuestras ideas luminosas no siempre se interpretan de la manera que queremos o esperamos. 

9. Somos humanos y fallamos, y con frecuencia somos insensatos. Lo que entendemos del mundo en que vivimos, no digamos ya del mundo futuro, es parcial en el mejor de los casos. 

10. Pero cuando el Espíritu del amor de Dios vive en nosotros, lo cambia todo. 

11. Aunque en realidad somos niños en cuanto a poner en práctica el verdadero amor, Dios puede ayudarnos a crecer y abandonar nuestra conducta infantil. 

12. Sin Él, no tenemos la menor idea de lo que es amar y de lo que más importa en la vida. Sin embargo, cuando vivimos en Su reino —el reino de los Cielos, que según Jesús está incluso ya dentro de nosotros— podemos ver desde la perspectiva de Él, tener bien definidas nuestras prioridades, hacer uso de todos los recursos posibles y vivir y amar a plenitud. 

13. En la vida hay mucho de agradable y de bueno, ¡pero nada tan bueno e importante como el amor!
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