"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados." Romanos 8:28
En la película Serendipity (Señales de Amor), cuyo título hace referencia a esos acontecimientos inesperados que parecen llegar por casualidad, encontramos una historia que va mucho más allá de una simple comedia romántica.
Jonathan Trager y Sarah Thomas se conocen por accidente una noche de invierno en Nueva York. La conexión entre ambos es inmediata. Comparten conversaciones, risas y momentos que parecen indicar que están destinados a estar juntos.
Sin embargo, antes de despedirse toman una decisión poco común: dejar que sea el destino quien decida si volverán a encontrarse.
Sarah escribe su nombre en un libro que vende en una librería de segunda mano y Jonathan anota el suyo en un billete de cinco dólares. Si algún día esos objetos regresan a sus manos, significará que deben estar juntos.
Pasan los años.
Aunque ambos continúan con sus vidas, nunca logran olvidarse por completo. Jonathan intenta encontrarla en varias ocasiones, pero los caminos parecen cerrarse una y otra vez. Finalmente construye una nueva relación y se compromete para casarse con una mujer que, aunque no es Sarah, le brinda estabilidad, cariño e ilusión por el futuro.
Sin embargo, algunas historias se niegan a desaparecer.
Poco antes de su boda, Jonathan encuentra una pista que podría llevarlo nuevamente hasta Sarah. Decide buscarla una vez más. Cuando finalmente logra acercarse a ella, descubre algo que lo golpea profundamente: aparentemente Sarah ya tiene a alguien más.
Su mundo se derrumba.
Aquella historia que había guardado durante años en lo más profundo de su corazón parece escaparse para siempre. Confundido y sin encontrar sentido a lo que está ocurriendo, Jonathan toma una decisión drástica: cancelar también su boda, aun cuando faltan apenas unas horas para celebrarse.
Después de todo el caos, se encuentra con su mejor amigo, Dean Kansky.
Dean intenta consolarlo. Busca las palabras adecuadas, pero comprende que algunas heridas no se alivian con consejos. Entonces hace algo inesperado: le entrega a Jonathan su propio obituario.
Antes de despedirse, le comparte una reflexión que ha quedado grabada en la memoria de muchos espectadores:
"Los antiguos griegos, al morir alguien, no preguntaban cuánto dinero había ganado, cuántos reconocimientos había obtenido o qué posición había alcanzado. Preguntaban algo mucho más importante:
¿Tenía pasión?
¿Era apasionado?"
Qué pregunta tan poderosa.
Porque al final de la vida, quizá lo más importante no será aquello que poseíamos, sino aquello por lo que estuvimos dispuestos a vivir. No serán nuestros títulos, nuestros bienes o nuestros éxitos los que definan nuestra historia, sino las causas que abrazamos, los sueños que perseguimos y las personas que amamos.
Después Jonathan lee las palabras escritas en aquel obituario. Y aunque fueron escritas para una escena de cine, contienen una verdad que trasciende la pantalla:
"La vida no es una colección de accidentes, sino una historia que va tomando forma a través de encuentros, decisiones y circunstancias que parecen aisladas, pero que terminan revelando un propósito."
Quizá esa sea una de las mayores lecciones de la película.
Mientras vivimos, solemos interpretar nuestra historia como una sucesión de hechos desconectados. Un encuentro inesperado. Una oportunidad perdida. Una puerta cerrada. Una decepción. Una despedida. Una alegría inesperada.
Vemos los acontecimientos de manera individual porque sólo conocemos una pequeña parte de la historia.
Pero cuando miramos hacia atrás, descubrimos que muchos de esos momentos estaban conectados entre sí.
Aquello que parecía una pérdida nos preparó para una oportunidad futura. Aquella persona que apareció por unos minutos terminó cambiando nuestra vida. Aquella puerta cerrada nos condujo hacia un camino mejor. Incluso las experiencias más dolorosas terminan ocupando un lugar dentro de un propósito que no podíamos comprender en el momento.
Porque al final de la vida no seremos recordados por haber evitado riesgos, sino por haber abrazado aquello que daba sentido a nuestra existencia.
La verdadera tragedia no es equivocarse en el camino. La verdadera tragedia es llegar al final sin haber seguido aquello que hacía latir nuestro corazón.
Quizás hoy no entiendas por qué ocurrieron ciertas cosas en tu vida.
Quizás algunos hilos todavía parezcan confusos. Pero sigue avanzando. El tapiz aún no está terminado.
Y cuando un día puedas contemplar la obra completa, descubrirás que muchas de las cosas que llamaste coincidencias eran, en realidad, parte de un plan mucho mayor