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lunes, 21 de enero de 2013

Published enero 21, 2013 by with 0 comment

Reflexión de Max Lukado: su Vida es su Vida

“Yo he venido para que tengan vida” (Juan 10:10).
El corazón de Jesús fue puro. Miles adoraban al Salvador, sin embargo estaba contento con una vida sencilla. Había muje­res que lo atendían (Lc.8:1-3), sin embargo jamás se le acu­só de pensamientos lujuriosos; su propia creación lo despreció, pero voluntariamente los perdonó incluso antes de que pidie­ran misericordia.
Pedro, quien acompañó a Jesús por tres años y medio, le describe como «un cordero sin mancha y sin defec­to» (1º P.1:19). Después de pasar el mismo tiempo con Jesús, Juan concluyó: «Y él no tiene pecado» (1º Jn.3:5).
El corazón de Jesús fue pacífico. Los discípulos se preocu­paron por la necesidad de alimentar a miles, pero Jesús no. Agradeció a Dios por el problema. Los discípulos gritaron por miedo a la tempestad, pero Jesús no. Él dormía. Jesús levantó su mano para sanar. Su corazón tenía paz. Cuando sus discí­pulos lo abandonaron, ¿se enfadó y se fue a su casa? Cuando Pedro lo negó, ¿perdió Jesús los estribos? Cuando los soldados le escupieron en la cara, ¿les vomitó fuego encima? Ni pensar­lo. Tenía paz. Los perdonó. Rehusó dejarse llevar por la ven­ganza.
También rehusó dejarse llevar por nada que no fuera su alto llamamiento. Su corazón estaba lleno de propósitos. La mayoría de las vidas no se proyectan hacia algo en particular, y nada logran. Jesús se proyectó hacia una sola meta: salvar a la humanidad de sus pecados. Pudo resumir su vida con una fra­se: «Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lc.19:10).
El mismo que salvó su alma anhela rehacer su corazón. Dios está dispuesto a cambiarnos a semejanza del Salvador. ¿Acep­taremos su oferta?
Extracto del libro “3:16”
Por Max Lucado
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viernes, 21 de diciembre de 2012

Published diciembre 21, 2012 by with 0 comment

El Mensaje de la Sangre

Era un nombre de varón, breve y sonoro. Un nombre que, con sólo pronunciarlo, evoca imágenes de los cuentos árabes de Las mil y una noches. Un nombre que hace pensar en la Mezquita de Omar, y en aquel Califa del mismo nombre que quemó la Biblioteca de Alejandría por contener libros contrarios a la fe musulmana. El nombre era «Omar».
Sin embargo, en este caso el nombre «Omar» estaba escrito con sangre humana en la pared de una costosa residencia de Mougin en la Costa Azul. Lo había escrito la millonaria Ghislaine Marchal, herida de muerte por su jardinero Omar Raddad. Ese solo nombre, escrito con sangre, fue prueba suficiente para arrestar y condenar al jardinero. Los diarios franceses que dieron cuenta del suceso lo llamaron «El mensaje de la sangre». Y en verdad, fue todo un mensaje, y toda una acusación, escrito con la sangre de una víctima inocente.
Si hay un elemento en el cuerpo humano que por sí solo posee elocuencia, es la sangre. La literatura universal menciona infinidad de veces la sangre: «sangre ardiente», «sangre heroica», «sangre inocente». Incluso, de un buen caballo de carreras se dice que es «de pura sangre».
La Biblia trata sobre dos sangres que tienen un mensaje extraordinario para la humanidad. Son ellas la sangre de Abel y la sangre de Cristo. Ninguna otra sangre tiene tanta elocuencia y tanto significado.
La sangre de Abel —dice la Biblia—, la primera víctima del odio religioso, «reclama justicia» (Génesis 4:10). En cambio, la sangre de Cristo «limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). La sangre de Abel, el justo, pide venganza; la sangre de Cristo, el Salvador, pide perdón para toda la humanidad.
Si no comprendemos el propósito del sacrificio de Cristo, tampoco podremos entender la razón por la que vinimos a este mundo. Todos hemos venido a este mundo para vivir, es decir, para cumplir en vida el propósito de haber nacido. Con Cristo fue todo lo contrario. Él cumplió el propósito de su venida con su muerte. De sí mismo Él dijo: «El Hijo del Hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).
La muerte de Cristo, el derramamiento de su preciosa sangre, fue el único propósito de su encarnación. Él vino para morir en expiación por nuestros pecados. Somos eternamente salvos mediante su muerte. Nuestra salvación descansa en la muerte de Cristo. Aceptemos ese favor divino. Él murió por nosotros
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lunes, 3 de diciembre de 2012

Published diciembre 03, 2012 by with 0 comment

CUANDO DE REPENTE SE PIERDE LA VISTA


A los nueve años de edad tenía vista de lince, gran aptitud para correr, e inteligencia sobresaliente. Pero a los diez, en un juego de cricket, recibió un terrible pelotazo en el ojo derecho, y a las pocas semanas Cyril Charles, un niño de la isla Trinidad, quedó casi totalmente ciego.
¿Qué hace un niño de diez años de edad que de repente pierde la vista? Hace lo que, por lo general, no hacen los adultos. En esto podríamos nosotros los adultos aprender de los niños.
Cyril Charles, sin amilanarse, comenzó de inmediato a aprender el braille y, mientras lo aprendía, continuó cursando sus estudios. Aunque lo muy poco que veía aparecía borroso, continuó también practicando el fútbol y el atletismo. Con el paso del tiempo Cyril no sólo se convirtió en un estudiante singular, sino que sobresalió en el deporte. Y a los veinte años ganó una maratón para minusválidos.
Al año de ganarse esa carrera, con los adelantos de la ciencia fue operado de la vista, y Cyril recuperó su visión. Había pasado muchos años en sombras, pero resurgió, por fin, a la luz y a esperanzas cumplidas.
Una desgracia física no es el fin de la vida. El mundo no se detiene porque uno haya sufrido un percance. Es cierto que hay que hacer ajustes. A veces es cuestión de enfrentar un nuevo régimen de acción, pero la vida sigue. Y la esperanza, la fuerza de voluntad, la férrea resolución, la tenacidad y la constancia traen, con el tiempo, el triunfo.
No perdamos la fe. La fe en uno mismo y la confianza en los semejantes producen una esperanza que trasciende toda tragedia humana. El cuerpo físico puede nacer contrahecho o débil. Puede deteriorarse. Puede, incluso, perder uno de sus miembros o uno de sus sentidos físicos. Pero si dentro del cuerpo tenemos el alma viva y pujante, triunfaremos porque ésta nos sostendrá.
No perdamos la fe. Creamos, más bien, en Dios. La fe en Dios nuestro Creador produce una fuerza en nosotros mil veces mayor que la fuerza humana. Las competencias deportivas para minusválidos que se realizan ya en casi todas partes del mundo están demostrando que cojos, mancos, paralíticos, ciegos y otros muchos impedidos pueden vencer obstáculos increíbles.
No perdamos la fe. Aferrémonos, más bien, a la mano de Dios. Creamos como creía el apóstol Pablo, que dijo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).
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viernes, 9 de marzo de 2012

Published marzo 09, 2012 by with 0 comment

La importancia de tener Amigos. Marcos Witt

Durante una de las muchas conversaciones que tuve con este hermano, le preguntaba sobre las amistades que tenía a quien podríamos llamar para ayudarnos en el proceso de avisar a la congregación y a mostrar solidaridad hacia nuestro hermano durante el tiempo de crisis. Entre más le preguntaba, más me sorprendía que no había personas así en su vida. Había estado caminando solo por mucho tiempo. Esta es una de las armas más poderosas del enemigo para destruir nuestro liderazgo.

Cuando el Señor dijo, ¨No es bueno que el hombre esté solo¨, no se refería únicamente al matrimonio. Simplemente, Dios nos hizo de tal manera que no es bueno que estemos solos. Punto. El hombre necesita de otros compañeros y amigos en su vida. Proverbios 27:17 declara que el ¨hierro con hierro se aguza, y así el hombre aguza el rostro de su amigo¨. Nos necesitamos el uno al otro.

Una de las tristes realidades en el liderazgo es que muchos pensamos que no necesitamos de nadie. La misma naturaleza del liderazgo hace que seamos propensos a esta mentira. Por ejemplo: Hay tantas personas que llegan con nosotros para que les solucionemos los problemas y les saquemos de sus apuros que llegamos a pensar que somos personas que lo podemos todo. Muchos nos buscan para nuestro consejo y sabiduría. Podríamos caer en la tentación de sentirnos infalibles. Este es uno de los grandes espejismos del liderazgo y créame cuando le digo que es un espejismo que lo destruirá. ¿Cuántas veces necesitamos testificar la caída de un líder para entender la realidad que nos necesitamos el uno al otro?

Después de colgar el teléfono con este hermoso hombre de Dios, que ahora estaba viviendo una tristeza personal, ministerial y familiar porque había decidido caminar solo, le di tantas gracias a Dios que a través de los años, mi papá, Francisco Warren, insistió en que siempre nos rodeáramos de personas que nos pudieran amar a pesar de nuestros errores. Puedo señalar en mi vida a un grupo pequeño de hombres que conocen los errores más vergonzosos de mi vida y a pesar de esos errores, me amam, me cuidan y me muestran el camino por donde debo andar. Uno de ellos es mi baterista, Randall, que siempre me está llamando a cuentas cuando ve algo que no lo gusta en mi. Esto es tan saludable para mi como líder. Usted necesita álguien así en su liderazgo.

Si usted no está rodeado de hombres que le puedan amar, afirmar, corregir y aconsejar, le anímo a que rápidamente busque estas personas. Su liderazgo no podrá tener la influencia que podría tener al menos que esta área la tenga cubierta. Basta en solo dar un vistazo a su alrededor y ver las personas que Dios ya ha puesto en su vida y darles la confianza de hablar íntimamente en su vida. Esta confianza no se desarrollará rápidamente, sino que será algo que se dará con mucho tiempo y esfuerzo. Dedíquele tiempo a este aspecto muy importante de su liderazgo.

¡Es cuestión de vida o de muerte! …Literalmente. Pastor y Salmista: Marcos Witt -
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