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jueves, 19 de diciembre de 2013

Published diciembre 19, 2013 by with 0 comment

Aliento del Cielo: Lo Que el Espíritu Santo Produce en Nuestra Vida. Paz (No. 3)


“Les doy la paz, mi propia paz, que no es como la paz que se desea en este mundo. No se preocupen ni tengan miedo por lo que pronto va a pasar.” San Juan 14:27

La paz, no es un verbo, pero nos lleva a una acción. Nos provoca realizar una limpieza interior para eliminar de nuestro corazón pensamientos o sentimientos negativos. Además, en la vida cristiana, la paz no es ausencia de dificultades y problemas, sino más bien, es entereza, valor y esperanza que se atravesará por momentos nada gratos, pero que hay una salida, que hay un brazo fuerte donde se logra fuerza y autoridad. “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Sn. Juan 16:33.

Dios nos llama a estar en paz con él, a través de una vida de integridad, si le hemos fallado siempre nos llama al perdón, y volvemos a estar en paz.  “Vengan ya, vamos a discutir en serio, a ver si nos ponemos de acuerdo. Si ustedes me obedecen, yo los perd
onaré. Sus pecados los han manchado como con tinta roja; pero yo los limpiaré. ¡Los dejaré blancos como la nieve!” Isaías 1:18.

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jueves, 3 de octubre de 2013

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Tomado de Internet: Jesús es Cercano. ¡Nuevo!

¡Hija, tu fe te ha sanado! … Vete en paz y queda sana de tu aflicción (Marcos 5:34).
¿Puede verla? ¿Ve su mano? Retorcida. Delgada. Enferma. Uñas ennegrecidas por la suciedad y piel manchada. Mira cuidadosamente entre las rodillas y los pies de la multitud. Las personas corren detrás de Jesús. Él camina. Ella se arrastra. La gente la golpea, pero ella no se detiene. Otros se le quejan. A ella no le importa. Está desesperada. La sangre no se mantiene en su cuerpo. «Había entre la gente una mujer que hacía doce años padecía de hemorragias» (Mr.5:25).
Por consiguiente, la mujer no tiene nada. Sin dinero. Sin hogar. Sin salud. Sueños arruinados. Fe por los suelos. Des­preciada en la sinagoga. Marginada en su comunidad. Había sufrido durante doce años. Está desesperada. Y su desespera­ción da a luz una idea.
«Oyó hablar de Jesús» (v.27). Toda sociedad tiene un paja­rito me lo contó, incluso, o especialmente, la de los enfer­mos. Corrió la voz entre leprosos y abandonados: Jesús puede sanar. Y Jesús viene. Por invitación del principal de la sinago­ga, viene a Capernaúm.
Cuando la multitud se acerca, la mujer piensa: «Si logro tocar siquiera su ropa, quedaré sana» (v.28). En el momento adecuado corretea como cangrejo en medio de la turba. Las rodillas le golpean las costillas. Alguien grita: «¡Fuera del cami­no!» Ella no hace caso ni se detiene.
Toca el manto de Jesús y «Al instante cesó su hemorragia, y se dio cuenta de que su cuerpo había quedado libre de esa aflicción» (v.29). La vida entra rauda. Las pálidas mejillas se tornan rosadas. La respiración superficial se vuelve profunda.
La enfermedad se llevó la fortaleza de la mujer. ¿Qué le quita la fortaleza a usted? ¿Pérdidas en los negocios? ¿Demasia­da bebida? ¿Noches enteras en otros brazos? ¿Tediosos días en un trabajo que no nos gusta? ¿Un embarazo demasiado pron­to? ¿Muy a menudo? ¿Es esa mano la suya? De ser así, anímese. Cristo quiere tocarla. Cuando usted extiende la mano en medio de las multitudes, Él lo sabe.
Suya es la mano que a Él le gusta tomar.

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jueves, 24 de enero de 2013

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Tomado del Internet: El Vuelo del Halcón.



Un rey recibió como obsequio, dos pequeños halcones, y los entregó al maestro de cetrería, para que los entrenara.

Pasados unos meses, el maestro le informó al rey que uno de los halcones estaba perfectamente, pero que al otro no sabía qué le sucedía: no se había movido de la rama donde lo dejó desde el día que llegó.

El rey mandó llamar a curanderos y sanadores para que vieran al halcón, pero nadie pudo hacer volar el ave.
Encargó, entonces, la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió.

Al día siguiente, por la ventana, el monarca pudo observar, que el ave aún continuaba inmóvil.

Entonces, decidió comunicar a su pueblo que ofrecería una recompensa a la persona que hiciera volar al halcón.
A la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente por los jardines.

El rey le dijo a su corte, "Traedme al autor de ese milagro". Su corte rápidamente le presentó a un campesino.

El rey le preguntó:
- ¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo hiciste? ¿Eres mago?

Intimidado el campesino le dijo al rey:
- Fue fácil mi rey. Sólo corte la rama, y el halcón voló.

- Se dio cuenta que tenía alas y se largó a volar.

¿A que estás agarrado que te impide volar? ¿De qué no te puedes soltar?
Vivimos dentro de una zona de comodidad donde nos movemos, y creemos que eso es lo único que existe. Dentro de esa zona está todo lo que sabemos, y todo lo que creemos. Convivimos con nuestros valores, nuestros miedos y nuestras limitaciones. En esa zona reina nuestro pasado y
nuestra historia.


Todo lo conocido, cotidiano y fácil...
Tenemos sueños, queremos resultados, buscamos oportunidades, pero no siempre estamos dispuestos a correr riesgos. No siempre estamos dispuestos a transitar caminos difíciles.

Deja de aferrarte a tu propia rama y corre el riesgo de volar más alto y quizás en tu vida como en la mía, podamos descubrir que las palabras del
gran apóstol Pablo hoy más que nunca están vigentes:

"Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman". (1ª Corintios 2:9)

Dios nos ha dado alas para volar alto, tan alto como las águilas y descubrir que sus pensamientos al igual que sus caminos, son mas altos que los
nuestros.


Atrévete a volar...
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viernes, 21 de diciembre de 2012

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Un Regalo de Navidad

Un hombre recibió de parte de su hermano un automóvil como regalo de Navidad. Cuando salió de su oficina esa Nochebuena, vio que un niño desamparado estaba caminando alrededor del brillante auto nuevo y que lo contemplaba con admiración.
—¿Este es su auto, señor? —preguntó el niño.
El hombre afirmó con la cabeza.
—Mi hermano me lo dio como regalo de Navidad.
El niño se quedó asombrado.
—¿Quiere decir que su hermano se lo regaló y a usted no le costó nada? A mí sí que me gustaría... —titubeó el niño.
El hombre se imaginó lo que iba a decir el niño: que le gustaría tener un hermano así. Pero lo que el muchacho realmente dijo estremeció al hombre de pies a cabeza:
—Me gustaría poder ser un hermano así.
El hombre miró al muchacho con asombro, y se le ocurrió preguntarle:
—¿Te gustaría dar una vuelta en el auto?
—¡Claro que sí! ¡Me encantaría!
Después de un corto paseo, el niño se volvió y, con los ojos chispeantes, le dijo al hombre:
—Señor, ¿sería mucho pedirle que pasáramos frente a mi casa?
El hombre sonrió. Creía saber lo que el muchacho quería. Seguramente deseaba mostrarles a sus vecinos que podía llegar a su casa en un gran automóvil. Pero, de nuevo, el hombre estaba equivocado.
—¿Se puede detener donde están esos dos escalones?
El niño subió corriendo, y al rato el hombre oyó que regresaba, pero no tan rápido como había salido. Era que traía a su hermanito lisiado. Tan pronto como lo acomodó en el primer escalón, le señaló el automóvil.
—¿Lo ves? Allí está, tal como te lo dije, allí arriba. Su hermano se lo dio como regalo de Navidad, y a él no le costó ni un centavo. Algún día yo te voy a regalar uno igualito... Entonces podrás ver tú mismo todas las cosas bonitas que hay en los escaparates de Navidad, de las que he estado tratando de contarte.
El hombre se bajó del auto y subió al hermanito enfermo al asiento delantero. El hermano mayor, con los ojos radiantes, subió detrás de él, y los tres comenzaron a dar un paseo navideño inolvidable.
Esa Nochebuena, aquel hombre comprendió el verdadero significado de las palabras del apóstol Pablo, que a su vez recordaba las palabras de nuestro Señor Jesucristo: «Ahora los encomiendo a Dios y al mensaje de su gracia, mensaje que tiene poder para edificarlos y darles herencia entre todos los santificados. No he codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie. Ustedes mismos saben bien que estas manos se han ocupado de mis propias necesidades y de las de mis compañeros. Con mi ejemplo les he mostrado que es preciso trabajar duro para ayudar a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir.”»
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El Mensaje de la Sangre

Era un nombre de varón, breve y sonoro. Un nombre que, con sólo pronunciarlo, evoca imágenes de los cuentos árabes de Las mil y una noches. Un nombre que hace pensar en la Mezquita de Omar, y en aquel Califa del mismo nombre que quemó la Biblioteca de Alejandría por contener libros contrarios a la fe musulmana. El nombre era «Omar».
Sin embargo, en este caso el nombre «Omar» estaba escrito con sangre humana en la pared de una costosa residencia de Mougin en la Costa Azul. Lo había escrito la millonaria Ghislaine Marchal, herida de muerte por su jardinero Omar Raddad. Ese solo nombre, escrito con sangre, fue prueba suficiente para arrestar y condenar al jardinero. Los diarios franceses que dieron cuenta del suceso lo llamaron «El mensaje de la sangre». Y en verdad, fue todo un mensaje, y toda una acusación, escrito con la sangre de una víctima inocente.
Si hay un elemento en el cuerpo humano que por sí solo posee elocuencia, es la sangre. La literatura universal menciona infinidad de veces la sangre: «sangre ardiente», «sangre heroica», «sangre inocente». Incluso, de un buen caballo de carreras se dice que es «de pura sangre».
La Biblia trata sobre dos sangres que tienen un mensaje extraordinario para la humanidad. Son ellas la sangre de Abel y la sangre de Cristo. Ninguna otra sangre tiene tanta elocuencia y tanto significado.
La sangre de Abel —dice la Biblia—, la primera víctima del odio religioso, «reclama justicia» (Génesis 4:10). En cambio, la sangre de Cristo «limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). La sangre de Abel, el justo, pide venganza; la sangre de Cristo, el Salvador, pide perdón para toda la humanidad.
Si no comprendemos el propósito del sacrificio de Cristo, tampoco podremos entender la razón por la que vinimos a este mundo. Todos hemos venido a este mundo para vivir, es decir, para cumplir en vida el propósito de haber nacido. Con Cristo fue todo lo contrario. Él cumplió el propósito de su venida con su muerte. De sí mismo Él dijo: «El Hijo del Hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mateo 20:28).
La muerte de Cristo, el derramamiento de su preciosa sangre, fue el único propósito de su encarnación. Él vino para morir en expiación por nuestros pecados. Somos eternamente salvos mediante su muerte. Nuestra salvación descansa en la muerte de Cristo. Aceptemos ese favor divino. Él murió por nosotros
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Una Simple Ley de Física

Era la fiesta de los Enamorados en Londres. Se celebraba un alegre baile juvenil en un edificio de dos pisos. La noticia de la fiesta se difundió. Los jóvenes fueron llegando en parejas, en grupos de cuatro, de seis, de ocho, de diez. Cuando ya había más de doscientos jóvenes bailando rock, el piso cedió.
Se debió a una simple ley física. Un piso hecho para soportar a cincuenta personas no puede soportar a doscientas. El piso se rompió y los jóvenes cayeron en medio de una espantosa confusión. Dos muertos y sesenta heridos fue el saldo del trágico final de la fiesta.
Hay leyes físicas que no se pueden violar sin pagar las consecuencias. Si se ponen los dedos en el metal caliente, se sentirá la quemadura. Si se toca un cable eléctrico, se sentirá la descarga. Si se deslizan los dedos por el filo del cuchillo, correrá la sangre.
El universo tiene infinidad de leyes físicas que son así porque así las formuló el Creador. No se pueden violar sin sufrir algún percance. Y también el universo, y especialmente la humanidad, poseen una gran cantidad de leyes morales, igualmente firmes, igualmente valiosas, que tampoco se pueden violar con impunidad.
Consideremos el caso de Londres. El piso del edificio no cedió debido a que los jóvenes bailaban música rock, ni porque bebían cerveza, ni porque algunos fumaban marihuana ni porque algunas jóvenes parejas se entregaban a excesivas muestras de cariño. Cedió porque se le puso encima demasiado peso, y nada más; es decir, por una simple ley física.
Así mismo, si sobre una esposa sufrida o un esposo demasiado ingenuo, el otro cónyuge empieza a poner demasiado peso de infidelidad, tarde que temprano habrá un quiebre, una ruptura, un desastre. Es una simple ley moral.
Muchas esposas ceden por el peso de demasiadas burlas del marido, y se rompen como estante de vidrio que deja caer estrepitosamente la excesiva carga de copas que se le ha puesto encima. Y quedan igualmente hechas añicos.
No se puede cargar un puente con demasiada carga ni poner demasiado peso en la bodega de un barco o de un avión. Todo tiene un límite. Pasado ese límite, hay peligro de muerte.
Tampoco se puede cargar el corazón de un ser humano con demasiada pena. Y menos cuando ese corazón es el de la esposa o del esposo. Pidámosle hoy a Cristo sabiduría, comprensión y poder. Él nos ayudará
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lunes, 3 de diciembre de 2012

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LA PEOR HUELGA DE TODAS

LA PEOR HUELGA DE TODAS

por el Hermano Pablo
El primer día fue cuestión de chistes. La ciudad entera se rió del suceso. El segundo día siguieron los chistes, aunque menguaron. El tercer día y el cuarto el asunto comenzó a tomar otro cariz. Al sexto día los chistes dieron lugar al miedo. Y ya para el octavo día la situación era insoportable.
La ciudad de Bilbao, España, sufría una huelga de basureros. Los recolectores de desperdicios no daban su brazo a torcer, y miles de toneladas de basura comenzaban a heder y a difundir gérmenes letales. Parecía que la ciudad se ahogaría antes que surgiera alguna solución. Pero al fin las diferencias se resolvieron y Bilbao quedó limpia y sana otra vez.
Si hay una huelga que en verdad afecta una ciudad, es la huelga de recolectores de basura. Una huelga de choferes de autobuses paraliza por un tiempo la ciudad, pero no la asfixia. Si los obreros de una empresa de periódicos hacen huelga, no hay noticias, pero nadie se ahoga. En cambio, si los encargados de recoger los desperdicios se declaran en huelga, el resultado es desastroso. Recoger y quemar diariamente la basura es una labor imprescindible.
Así mismo sucede con nuestra alma. Si está llena de basura, tarde o temprano nos destruirá. Lo peor del caso es que nuestra alma puede acostumbrarse a la inmundicia a tal grado que ni cuenta se da del mal que en ella hay.
No nos damos cuenta, por ejemplo, del mal destructivo que produce la mentira. Hay personas que mienten con tanta facilidad que lo hacen aun cuando les es más provechoso decir la verdad. Por algo dice la Biblia que los mentirosos no entrarán en el reino de los cielos.
¿Y qué del adulterio? Manchar el matrimonio con el adulterio se ha hecho tan común que hay quien se extraña que eso se considere inmundicia. Pero por algo dice Dios que el adúltero tampoco entrará en el reino de los cielos.
Son muchas las inmundicias que fácilmente dejamos entrar en nuestra vida. La lista es larga, y las manchas, negras. ¿Qué del desfalco? ¿Qué del odio? ¿Qué de la ofensa? ¿Qué de la avaricia? Todo eso es basura que ahoga nuestro bienestar.
Ya es hora de que quememos esa basura. De otro modo nuestra vida entera tendrá un hedor tan fuerte que sólo otro sucio la podrá aguantar. La Biblia dice que la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado (1 Juan 1:7). Sólo tenemos que aceptar su sacrificio y someternos a su señorío para ser limpios. Saquemos, pues, la basura de nuestra vida, y dejemos que entre y ocupe su lugar nuestro inmaculado Salvador.
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lunes, 13 de diciembre de 2010

Published diciembre 13, 2010 by with 0 comment

Sigueme

Sígueme
“Después de todas estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.” San Lucas 5:27-28.

¡Hola! ¿Qué Tal? Soy yo, Espíritu Santo, deseando hablar tu corazón; a sólo una semana de finalizar un nuevo ciclo de estudios en la Universidad, y se que, en estos momentos se vienen muchas decisiones muy importantes que tomar como: ¿Qué materias elijo para el próximo año?, ¿me cambió de carrera?, ¿me organizo para el próximo año?, etc. y otras más que llegan a tu mente. Deseo ahora dejarte esta inquietud para que tu asumas este reto de seguirme hasta el final, que tomes la decisión de seguir escuchando mi voz, que sea tu guía en tu caminar diario , de vestirte de la armadura de Dios, de tener voluntad, convicción y emoción. “y dejándolo todo, se levantó y le siguió.” Sn. Lucas 5:28.

Yo siempre estaré contigo, recuerda esta promesa: “Y yo rogaré al padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.” Sn. Juan 14:16. pero no te olvides que en ti esta tomar la decisión, en ti estar continuar, en ti está luchar para continuar siendo un servidor, un discípulo.

La victoria está en tus manos, no te olvides, que “Antes en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.” Romanos 8:37.

Confío que tomarás la mejor decisión, nunca olvides estas palabras: “Jehová cumplirá su propósito en mi; tu misericordia, oh Jehová, es para siempre; no desampares la obra de tus manos.” Salmos 138:8

Seguirme es de valientes, de esforzados, de campeones, no olvides que tu estás en el equipo ganador, recuerda que el que abre brecha sufre los golpes; pero tiene mayores satisfacciones.

Atte. Tu amigo y consolador,
Espíritu Santo.

P.D. : ¿Lo deseas hacer?
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